Enfermedades, epidemias y escenarios de muerte durante la guerra revolucionaria

por Marisa Davio

En este momento inédito que nos toca vivir en la comunidad “global”, es difícil no comprometerse con la situación y dejar de reflexionar desde la disciplina formadora. En mi caso, comencé a pensarlo en estos días en base a mi investigación sobre la guerra de independencia y su impacto en los diversos actores que intervinieron a favor o en contra de la causa revolucionaria en Tucumán y en todo el espacio sur-andino (territorio que incluía a las provincias del actual noroeste argentino y al Alto Perú, actual territorio de Bolivia).

Pese a las lógicas diferencias con el contexto actual, la vida de los actores que experimentaron el período de cambios que luego abriría paso a la etapa independiente en América Latina, obligó a vivir en una constante incertidumbre y miedo frente a las situaciones que podían presentarse a cada paso, familiarizarse con las sucesivas guerras con los llamados “realistas” y convivir con múltiples enfermedades que se hicieron frecuentes a causa de la mala alimentación, el hacinamiento, la falta de higiene, las heridas de guerra, entre otros males.  

La guerra revolucionaria que se aceleró a raíz de la crisis política surgida en España en 1808 fue concebida por los actores contemporáneos como una guerra de armas, pero también de “opinión”. Es decir, se basó en un conflicto que además debía ganarse por medio de la convicción de los principios sostenidos por cada bando político enfrentado, volviéndose moneda corriente entre los diferentes sectores sociales que participaron y formaron parte de los ejércitos, milicias o que colaboraron con recursos para continuar con la guerra. Además, la población debió lidiar con muchas enfermedades y epidemias que comenzaron a azotar a la población y a los cuerpos militares: la fiebre amarilla, viruela, tifus, sífilis, cólera, malaria, entre otras, obligando a muchos a renunciar a sus cargos y replegarse en sus casas. De esta manera, la guerra propiciaba un medio apto para la propagación de las epidemias.

Algunos documentos de la época evidencian la denuncia que hacían algunos jefes militares a cargo del ejército revolucionario al gobierno de Buenos Aires a causa de las condiciones insalubres de las tropas: tal fue el caso del General José de San Martín, a cargo del Ejército Auxiliar del Perú, quien en 1814 desde Tucumán demandaba el envío de vacunas para la viruela, al haberse generado una epidemia y provocado la muerte de muchos soldados. La inexistencia o ineficacia de la actuación pública que ayudara a combatirlas contribuía a reforzar las infecciones en todos los sectores sociales sin discriminación, haciendo estragos principalmente en las clases bajas.

Otras fuentes, señalan las experiencias caóticas derivadas de la guerra, que obligaban a la población a replegarse en sus casas o a peticionar la baja de las filas militares al estar inutilizados para la guerra. En razón a ello, jefes como Manuel Belgrano hacían alusión a la táctica utilizada por algunos soldados para exonerarse de esta obligación debido a “sus frecuentes dolores de huesos”.

Así, la cuestión de las enfermedades derivadas de la guerra constituyó un problema más dentro de la agenda de cuestiones a resolver por las autoridades de ambos bandos enfrentados, orientados a mejorar la situación de sus tropas, evitar la reducción masiva de las mismas, la pérdida de recursos y la derrota definitiva de sus proyectos políticos en territorio americano.

Pensamientos apocalípticos, castigos divinos, miedos propagados entre la población a través de rumores y noticias, estuvieron presentes entre los actores, preocupados no sólo por sus propias vidas o las de sus familias, sino por el futuro de un territorio que se iría construyendo, sobre las ruinas de la tradicional nación española, aún vigente.

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