El descubrimiento del Estrecho de Magallanes

por María Jesús Benites

El 20 de septiembre de 1519, Hernando de Magallanes (1480–1521) parte desde Sanlúcar de Barrameda con una flota de cinco navíos para encontrar el paso marítimo entre los dos océanos. La tripulación estaba constituida por más de doscientos cincuenta hombres, entre ellos Sebastián Elcano, quien viajaba como maestre de la nao Victoria, al mando de Juan de Mendoza. Si bien se ha perdido el diario de la travesía y muchos otros documentos, entre la tripulación se encontraba Antonio Pigafetta, uno de los dieciocho sobrevivientes, quien a su regreso a España en 1522 dejó testimonio de los acontecimientos en su Primer viaje en torno del globo diario en el que su autor refiere periódicamente los sucesos de la travesía y da cuenta de un proceso de representación del viajero como letrado. 

Las biografías explicitan que Pigafetta era un estudioso de la geografía, la astronomía y un conocedor de los fenómenos celestes. Desde las motivaciones que lo impulsan a emprender la travesía se manifiesta ese afán de conocimiento: “supe que navegando por el Océano se veían cosas maravillosas y decidí asegurarme por mis propios ojos de la veracidad de todo lo que se contaba”.  En su itinerario inicial, el relato se nutre de las descripciones de las costas del Brasil donde redunda la abundancia. Pero a medida que los barcos navegan hacia el sur, se suscitan acontecimientos desafortunados. El más dramático ocurre en bahía de San Julián, donde los capitanes y la tripulación se sublevan. El autor refiere, escatimando detalles, los crueles castigos que impuso Magallanes a los traidores como abandonar a su suerte al capitán Gaspar de Quesada, junto con un cura y otro cómplice,  en las costas del extremo sur. Si bien Pigafetta orienta su escritura como si fuera un compendio sobre el reino natural en la descripción de los indígenas de las costas patagónicas se activan imágenes fantásticas y el gesto que domina el acto de escribir es del de la desmesura: “Durante dos meses no vimos alma viviente por aquella tierra; un día apareció de improviso en la playa un hombre de estatura gigantesca casi desnudo, que, bailando y cantando, se echaba arena en la cabeza”.  

La presencia del indígena es asociada a la de un gigante, imagen del cuerpo en la que se conjugan los excesos y las deformidades. En Primer Viajees la indefinición del espacio geográfico la que motiva el surgimiento del elemento maravilloso y encantado. En tierras desiertas y yermas sobresalen elementos desbordantes que se contraponen a una naturaleza marcada por la carencia y en el contexto americano la existencia de gigantes implicaba un apartamiento de los parámetros y límites del ser humano en tanto creación divina.

Lo interesante es que esta representación de Primer viaje…es fundante y  adquiere tal fuerza cultural que esta mirada sobre los indígenas será recreada en las relaciones de los expedicionarios posteriores. La escritura captura la imagen del gigante y, de esta manera, se inicia un proceso de apropiación de la región bajo un nombre ajeno: Patagonia. Pigafetta realiza además observaciones sobre las diferencias idiomáticas de los pueblos que conoce, procura instruirse acerca de las costumbres de las comarcas que recorren y examina y apunta los cultivos de cada zona. La escritura es acompañada por el trazado del mapa. La materia textual del relato del Primer viajese nutre de las circunstancias vividas. El autor no escribe obligado por un mandato; su obra es el resultado de un libre ejercicio de la observación que le permite seguir un criterio selectivo de los hechos. De este modo, refiere con marcada crudeza la hambruna y las enfermedades que padecen  producto del hacinamiento arriba de los barcos. Después de doce meses, en el transcurso de los cuales parte de la tripulación murió y se perdieron dos naves, la flota descubrió no sólo el paso que separaba y unía ambos mundos, sino también un océano al que denominaron Pacífico. Esta emblemática empresa  que comanda  Hernando de Magallanes y culmina Elcano no sólo ayuda a delinear los contornos incompletos de la cartografía de la época  sino que,  por sobre todo, encuentra el ansiado paso entre ambos océanos, esa herida que abre, separa y une al mismo tiempo el continente, punto estratégico que implicó durante el siglo XVI alejar los barcos del mundo conocido para protagonizar travesías selladas por la desventura. 

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